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JOYAS MALDITAS

A lo largo de la historia de la Humanidad siempre han existido leyendas sobre maldiciones que están arraigadas en ciertos objetos y que han sido motivo de auténticas desgracias.

Una de las formas más extendidas en que se han presentado es en forma de preciosas joyas que han ido pasando de unos a otros sembrando incertidumbre, maldad, muerte y desgracias varias.

En estos post vamos a unificar las joyas malditas más conocidas, las que han dado más que hablar a lo largo de la historia.

Empecemos por el Delhi Purple Sapphire.

Esta preciosa joya esconde detrás una gran historia.

Realmente se trata de una amatista y no un zafiro como su nombre indica. Pertenecía al templo de Indra en Cawnpore (India) del que fue robada en 1857. Encontrada en 1970 por Peter Tandy mientras hacía inventario en el Museo de Historia Natural de Londres, sembró de desgracias a todo aquél que osó tocarlo.

Los primeros propietarios fueron el coronel de caballería W. Ferris y su hija a los que, según, él, desde el mismo momento que entró en sus vidas se convirtieron en desgraciados y perdieron salud y dinero.

Después la adquirió Edward Heron-Allen en 1890 quién intentó deshacerse de ella regalándosela a un amigo que no creía en esas cosas pero quien se la devolvió tras sufrir innumerables desdichas. Edward la tiró al río y al poco tiempo volvió a llegar a él tras entregársela un tasador que la había encontrado.

Para deshacerse definitivamente de ella, le hizo un conjuro y la encerró dentro de siete cajas con una nota que ponía: “Cualquiera que abra las cajas leerá esta advertencia, y después hará con la gema lo que considere oportuno. Mi consejo es que la arroje al mar”.

A la muerte de este, su hija la donó al Museo.

El Diamante Hope es el siguiente de nuestra lista.

Una de las joyas más hermosas y más letales ya que, según las leyendas, 23 de sus dueños fallecieron en extrañas circunstancias.

Robada por un sacerdote a un ídolo hindú, perteneció al contrabandista francés Jean Baptiste Tefernier, fallecido por el ataque de unos perros salvajes, al rey francés Luis XIV, que murió arruinado y despreciado, a la princesa Lambrelle, apaleada por el pueblo, el magnate americano Ned McLean, cuyos hijos murieron en un accidente de coche y por sobredosis, él mismo acabó sus días en un manicomio.

Su último comprador tuvo la inteligente idea de donarlo a una institución para evitarse problemas mayores.