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JOYAS MALDITAS IV

La última de las joyas de las que vamos a hablar en este especial de joyas malditas, es el diamante Orlov.

(http://orfebrealejandroglade.blogspot.com.es/2012/12/orlov-el-hermoso-diamante-maldito.html)

Se cree que originariamente era uno sólo junto al Gran Mongol, ahora desaparecido, aunque no hay nada probado. También se le conoce por el nombre de “Ojo de Brahama” por creerse que fue robado a la estatua de la deidad hindú Brahama.

Según la leyenda, quedó maldito al ser robado a un dios hindú, lo que provocó que todos aquellos que lo tuvieran en su poder acabarán suicidándose o muriendo en extrañas circunstancias.

El robo parece que fue perpetrado por un desertor francés, que tras años infiltrado junto a los hindúes (se hizo hinduista) elaboró un plan con el que hacerse con la preciada joya.

A partir de ahí, el diamante pasó por innumerables manos hasta que apareció en Ámsterdam, donde Grigori Grigórievich Orlov, conde ruso, lo compró por 400.000 florines. El motivo de compra tan elevada fue que se lo quería regalar a la futura zarina Catalina II de Rusia, de quien estaba perdidamente enamorado.

Catalina bautizó al diamante con el nombre del conde y parece que pasó a formar parte de la colección de las joyas de la Corona rusas hasta 1917 en la que se produjo la Revolución Rusa.

A partir de ahí se pierde la pista hasta que en 1932 aparece en Nueva York en manos del magnate J. W. Paris que se suicidó poco tiempo después. Años después cayó en las manos de Nadia Vygein-Orlov y Leonila Galitsine-Bariatinsky, princesas rusas quienes al tiempo de adquirirlo, se suicidaron en extrañas circunstancias.

Después de todo aquello, se decidió dividir el diamante en 3 partes para anular la maldición que parecía estar arraigado a él y fueron adquiridos por coleccionistas privados.

Desde entonces parece que la maldición ha cesado, aunque hace unos años, la actriz Felicity Huffman tuvo la oportunidad de lucir uno de ellos en la entrega de los Oscar pero, tras conocer la historia que lo rodeaba, decidió no hacerlo.

Hasta el día de hoy, no ha vuelto a ocurrir una desgracia de similares magnitudes.

JOYAS MALDITAS III

En este post de hoy vamos a hablaros de otras joyas malditas o no, que han dado mucho que hablar.

El primero de ellos es el diamante Koh-i-Noor.

” Quien posea este diamante dominará el mundo,

pero también conocerá todas sus desgracias.

Solo Dios, o una mujer, pueden llevarlo con impunidad”

Actualmente está en la Torre de Londres junto al resto de joyas de la Corona Británica, pero este diamante ha recorrido más kilómetros de los que creemos.

Originariamente, el diamante era de la India y su significado en persa en “Montaña de la Luz”. Tiene 105 quilates, lo que llegó a hacer de él el diamante más grande del mundo.

Sus primeros propietarios fueron la dinastía Kakatiya, pasando después por las manos del Sultanato de Delhi, los mongoles, los indios y, por último, los británicos. Y en todos y cada uno de ellos, las desgracias se han cebado con los monarcas y sus descendientes varones. Y es que, como dice la leyenda, sólo Dios y las mujeres pueden llevarlo sin que les ocurra nada.

En España también tenemos oscuras leyendas sobre joyas maldecidas. Una de ellas es el ópalo de Alfonso XII.

En este caso cuenta la leyenda (o las malas lenguas) que Alfonso XII se tuvo un amor correspondido con la joven italiana Virginia Doini, condesa de Castiglione pero que por temas monárquicos tenía que casarse con su prima María de las Mercedes.

Despechada por el abandono, la condesa les envió como regalo de bodas un anillo de oro puro con un ópalo precioso que hizo las delicias de la futura reina.

A los pocos meses de la boda, Mª Mercedes enfermó y murió, pasando el anillo a propiedad de la abuela del rey, quien también enfermó y falleció al poco tiempo de la que pareció la misma enfermedad. La hermana y la cuñada del rey tuvieron el mismo fin al encapricharse con la joya y poseerla durante un tiempo.

Cuentan, que el propio rey, murió por el mismo motivo a la temprana edad de 28 años. Su viuda bendijo el anillo y se lo colgó al cuello al difunto Alfonso XII para enterrarlo con él.

JOYAS MALDITAS II

Continuemos con nuestro especial sobre las joyas malditas de la historia.

En el post anterior os hablábamos del diamante Hope y el Dethi Purple Sapphire, tan letales como bellos. En este, lo vamos a hacer no de una joya en concreto sino en tesoros.

El primero y más conocido es el Tesoro de Tutankhamon.

Mundialmente conocido por las maravillas que encerraba dentro, su historia siempre ha estado plagada de leyendas y maldiciones.

16 fueron las personas que fallecieron a consecuencia de que Howard Carter y el conde de Carnravon profanaran la tumba del faraón. Según la leyenda, en una de las paredes que tiraron para acceder a la tumba había una inscripción: “La muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquel que se atreva a violar esta tumba”. Y así murió Lord Carnravon, por la infección de la picadura de un mosquito. Su medio hermano, Audrey Herbert, cayó muerto en su dormitorio al igual que el ayudante de Carter, Arthur Mace.

La secretaria de Carter y el padre de la misma, el radiólogo que le hizo las radiografías a la momia, amigos de Carter que habían estado con él en la tumba, médicos que participaron en la autopsia del faraón, etc. fueron víctimas de la maldición.

El que la evitó y murió por causas naturales evitando la funesta maldición fue el mismo Howard Carter. Aunque ello no le restó gravedad a la leyenda que, aún a día de hoy, se sigue manteniendo muy viva.

Otra de las leyendas que envuelven otro tesoro es de las joyas de la Corona Checa.

Dice de ellas la leyenda, que cualquiera que se ciña la corona sin ser rey, al cabo de un año morirá. Y un ejemplo bastante conocido de ello, es el del Reinhard Heydrich, máximo representante del Tercer Reich en Bohemia y Moravia. En una visita que realizó a las instalaciones donde se guardaban los tesoros de la Corona Checa, sintió la soberbia de ponerse la corona real. Un año más tarde fue asesinado por antifascistas checos.

No sabemos si por la leyenda o por el incalculable valor que tienen, pero nunca se exponen y nadie se puede acercar a ellas a no ser que sea por motivo de la coronación real.

Están custodiadas en una austera cámara gótica de la catedral de San Vito en Praga.